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Relaciones del poder en una sociedad patriarcal.


     El concepto de relaciones de fuerza o de poder ha sido desarrollado desde los clásicos de la Sociología, como Marx y Weber, hasta autores como Poulantzas y Gramsci, con acento en lo económico, en la lucha de clases o lo político/ideológico, pero siempre en el marco de la vida pública. En efecto, estos desarrollos sobre las relaciones de poder o relaciones de dominación/subordinación han quedado divorciados de la vida cotidiana, y sobre todo de las relaciones intergenéricas, las cuales son objeto de estudio de la perspectiva de género.

     De esta forma se comete un nuevo acto de violencia contra las mujeres, en este caso por omisión, al eliminar o invisibilizar las relaciones de poder que se dan en otros espacios, por ejemplo en la vida privada. Este artículo se inscribe dentro de la perspectiva de género, lo cual “significa reconocer que las mujeres están situadas en la encrucijada entre producción y reproducción, entre la actividad económica y el cuidado y atención de los seres humanos y por lo tanto entre el crecimiento económico y el desarrollo humano. Ellas son las trabajadoras de ambas esferas: las más responsables y por lo tanto las que arriesgan más, las que sufren cuando las dos esferas funcionan de manera opuesta, y las más conscientes de la necesidad de una mejor integración entre las dos” (Sen, 1995:60). Y, aunque Foucault con su “Microfísica del Poder” plantea que las relaciones de poder permean a todas las organizaciones y elabora ciertos aspectos que pueden ser de interés para el estudio de determinadas facetas de la vida privada, es la Teoría de Género la que más claramente establece que las relaciones de poder se presentan en todos los ámbitos de la sociedad, con lo cual las ubica tanto en la vida pública como en la privada. Así cruza el umbral y enciende una luz que permite analizar las relaciones en el ámbito de la vida cotidiana de la pareja y de la familia. 

     No obstante, a pesar del desarrollo de conceptos como el de relaciones de poder que se ha logrado desde el feminismo, todavía es poco el conocimiento que se tiene sobre la concreción de estas relaciones de dominación/subordinación en la vida privada y sobre los factores que pueden eventualmente incidir para variar dichas relaciones. Aunque se plantea que en las relaciones de poder quienes participan no carecen totalmente de poder, no se desglosa cuáles son los poderes con que cuentan las mujeres, sino que más bien se profundiza en sus roles como subordinadas y se cae casi en una victimización, lo cual impide visualizar sus poderes –aunque limitados– para replantear dichas relaciones. Partiendo de la reflexión anterior, y con base en una amplia revisión bibliográfica sobre el concepto “relaciones de poder”, tan llevado y traído, se elaboran las siguientes proposiciones, con el propósito de que sirvan como un eslabón más en el proceso humano del conocimiento.

     A la pregunta de qué es el poder, Foucault responde que es una relación de fuerzas, y amplía diciendo que el poder no es una forma, por ejemplo la forma Estado, sino que es una fuerza. Así como que la fuerza nunca está en singular, ya que su característica fundamental es estar en relación con otras fuerzas, de suerte que toda fuerza ya es relación, es decir, poder (Deleuze, 1987:98). En esta relación de fuerzas los hombres desarrollan relaciones de opresión mientras que las mujeres responden con subordinación, situación que se da a nivel macro y micro, a nivel de la vida pública como de la vida privada. 

     Estas relaciones dominación/subordinación se complementan con factores como los que plantea Foucault en el sentido de que el poder no es esencialmente represivo (puesto que “incita, suscita, produce”) pues se ejerce más que se posee, pasa por los dominados tanto como por dominantes (puesto que pasa por todas las fuerzas en relación), lo cual hace que su lectura no sea tan sencilla como parece. Según Foucault (1981:137) lo que hace que el poder se sostenga, que sea aceptado, es sencillamente que no pesa sólo como potencia que dice no, sino que cala de hecho, produce cosas, induce placer, forma saber, produce discursos; hay que considerarlo como una red productiva que pasa a través de todo el cuerpo social, y no como una instancia negativa que tiene por función reprimir. 

   
 Esta afirmación (de que las relaciones de poder son productivas) es cuestionada por la teoría feminista, en el sentido de que esa productividad es positiva si se mide desde los parámetros definidos como tales por la sociedad patriarcal, pero no lo es para la mitad de la población que responde a relaciones de dominación con la subordinación como forma de respuesta que le ha sido impuesta. Es importante definir ¿para quién y en qué medida esas relaciones de poder son productivas? y ¿cuáles son los mecanismos de resistencia que desarrollan los individuos? Una posible respuesta a las preguntas anteriores las da la teoría feminista, cuando una de sus exponentes habla de la relación entre patriarcado y capitalismo: “En la medida en que el interés por la ganancia y por el control social se encuentren inextricablemente relacionados, el patriarcado y el capitalismo serán un proceso integral. 

     El capitalismo usa al patriarcado y el patriarcado está determinado por las necesidades del capital... el patriarcado proporciona la organización sexual jerárquica de la sociedad necesaria para el control político, y en tanto que sistema político no se puede reducir a su estructura económica; mientras que el capitalismo como sistema económico de clase, impulsado por la búsqueda de ganancias, alimenta al orden patriarcal. Juntos forman la economía política de la sociedad” (Eisenstein, 1977:102-103). Foucault (1990:34) abre una ventana para leer esas relaciones cuando afirma que “no son unívocas; definen innumerables puntos de enfrentamiento, focos de inestabilidad, cada uno de los cuales comporta sus riesgos de conflicto, de luchas y de inversión por lo menos transitoria de las relaciones de fuerzas”. Ventana que es cerrada al aclarar que este tipo de relaciones conlleva el conflicto y la inversión transitoria de las relaciones de fuerza, con lo cual hay que subrayar lo de transitoria, o sea, que quienes asumen el dominio durante la relación, lo mantienen, aunque estas relaciones se inestabilicen. Estas afirmaciones confirman el punto de partida de que las relaciones de poder están marcadas por la sociedad patriarcal. Foucault (1981:146) y Lagarde (1997:633) concuerdan en que el poder es productivo; no obstante, el primero no especifica para quién, mientras que la segunda claramente afirma que en la sociedad patriarcal capitalista el poder es productivo para los hombres. Y en que en las relaciones de poder las personas que participan tienen poder. En términos genéricos, el poder es una relación de imposición de voluntad del dominante sobre el dominado y es también influencia mutua. Las relaciones de dominación/subordinación son ineludibles, forman parte de la sociedad y de todas las relaciones interpersonales. A su vez, el dominante no está absolutamente determinado, no carece de libertad ni de espontaneidad, porque él hace parte de la totalidad de la relación e influye en el dominador, así sea en forma parcial.

     Este es un elemento que es fundamental desarrollar en todos los niveles, tanto teórico como empírico, ya que de lo contrario se puede estar distorsionando el estudio de las relaciones de poder, porque se está sobrecargando la balanza en el platillo de quién domina y se invisibiliza la carga que tiene la persona dominada. Al respecto Bertaux-Wiame (1985) señala nuevos senderos para el descubrimiento de la vida familiar, por medio de conocer el rol de la acción de las mujeres. Por ejemplo plantea que al ser partícipes en la producción de estatus social familiar, las mujeres desempeñan un rol fundamental en la transformación de las clases populares en clases medias, traduciendo cada día en la práctica las aspiraciones familiares para ellas y para sus hijos. En los estudios de género, este aspecto es fundamental ya que ello implica conocer los poderes, aunque limitados, que poseen las mujeres, los cuales pueden ser una clave para la construcción de relaciones equitativas y por lo tanto de respeto. 

     El término “relaciones de poder” implica, de hecho, que se da entre dos o más personas, quienes establecen dicha conexión porque necesitan satisfacer alguna necesidad. Esto implica a su vez que ambas personas aportan algo, pues unos poseen lo que las otras no tienen. Entre quienes participan en una relación se pueden dar conexiones de diferentes tipo: de igualdad y equidad, de dominación y de subordinación. En cualquier tipo siempre quienes participan aportan algo que es importante para el otro, por lo tanto tienen una cuota de poder, la cual se sustenta en el valor que la/el donante y la/el receptor le den a su propio aporte, valor que se elabora de acuerdo con los parámetros de la sociedad, en este caso de la sociedad patriarcal. Por lo tanto, en las relaciones de poder se dan relaciones de dependencia y por pequeño que sea el aporte de una persona en esa relación, sin este la relación no existe.

     O sea, que quienes participan en una relación tienen poder y en mayor o menor grado dependen de esa relación para satisfacer alguna necesidad o deseo. Lagarde (1997:69) plantea que ideológicamente, quien está bajo dominio, es presa de la esperanza de satisfacer sus necesidades vitales y de obtener bienes vitales de los que carece. Las relaciones que se dan en una familia son de dependencia, ya que tanto depende el hombre del aporte de la mujer en los oficios domésticos, como la mujer de los recursos que el hombre aporta para la mantención económica de la familia. “Quien domina lo hace con la carga de poderío y de su posesión exclusiva de bienes vitales para quien está bajo su dominio, por eso son las necesidades y dependencia características de esta relación. La relación de obtener esos bienes genera dependencia en quien está bajo sujeción, pero es una dependencia vital, porque implica la necesidad de la presencia de quien domina, de sus bienes y de la relación” (Lagarde, 1997:70). 

     Es cierto (no se conoce con certeza hasta qué punto) que las mujeres amas de casa dependen económicamente de sus parejas para sobrevivir, pero a la vez esta afirmación de Lagarde desconoce (o por lo menos omite) el aporte que las mujeres le brindan a los hombres para que ellos puedan desempeñarse en el trabajo productivo, en la vida pública. Al dársele mucho valor al aporte económico del hombre como proveedor de la familia, y basar en este las relaciones de dominación/subordinación en que viven las mujeres en la sociedad patriarcal, se está cayendo en varias trampas: reproducir la invisibilización del trabajo reproductivo; desconocer que en las relaciones de poder quienes participan tienen algún tipo de poder; reproducir el modelo de que en la sociedad lo que vale es aquello que se pueda valorar monetariamente; y, sobre todo, hacer una lectura desde el patriarcado. Al respecto existen otras versiones de este tipo de relaciones, como la que hace Gardiner al afirmar que “los hombres han sido vencidos más que las mujeres por la cultura de la dependencia, en el sentido de su dependencia de puestos de trabajo y de las mujeres para que los atiendan”.

     Por ello el que mujeres crucen el umbral de sus hogares para incorporarse al trabajo remunerado es un fenómeno que debe estudiarse. “Uno de los cambios importantes que se ha dado en la sociedad de las últimas décadas ha sido el ingreso de las mujeres al mercado laboral” (Lagarde, 1997:51). La explotación económica de las mujeres, al no pagarse el trabajo reproductivo, es base de su explotación erótica, reproductiva, afectiva, intelectual y cultural. Es fuente, en consecuencia, de poderío para los hombres y todas las personas (aún mujeres), y las instituciones que se benefician y obtienen ganancias de la extracción de trabajo, valor, servicios y bienes de las mujeres. A su vez, la sociedad se beneficia, porque a través de su trabajo y de otras actividades, las mujeres contribuyen al incremento y desarrollo de aspectos y áreas básicas de la economía, la sociedad, la cultura y del sistema político. 

     Con respecto al trabajo de las mujeres en la sociedad, es importante mencionar los siguientes datos: aunque las mujeres constituyen el 50% de la humanidad, trabajan dos terceras partes de todas las horas trabajadas, reciben una tercera parte de los salarios pagados, son dueñas sólo del 1% de la propiedad mundial, sólo ocupan el 11% de los puestos parlamentarios en el mundo y el 7% de los puestos ministeriales (Sagot, 1995:18). Visto desde sus implicaciones globales las mujeres producen riqueza económica y social, preservan el medio, el territorio, la casa y el hogar, la familia, la pareja y las redes de parentesco, comunitarias, contractuales y políticas. A través de su cuerpo y de su subjetividad las mujeres gestan y dan vida a lo largo de sus vidas a las personas. Y, con sus cuidados vitales, contribuyen a mantener la existencia día a día (Lagarde, 1997:63). A pesar de lo apuntado anteriormente, los patrones sociales vigentes en la sociedad actual no consideran que las actividades que realizan las mujeres sean históricas o trascendentales; por el contrario, se las ideologiza como instinto, amor, entrega, cuidados naturales, iluminación, labores propias de su sexo, no hacer nada. 

     Dicho poder posee las siguientes características (Coria, 1991:120): • Lo ejercen las mujeres. • Emerge desde un espacio oculto o semioculto, situado en el ámbito privado y doméstico. • Utiliza recursos muy distintos a aquellos utilizados en el ejercicio del poder público, derivados de los sentimientos, de los afectos, de la contiguidad corporal, del erotismo. • Sabe a hogar. • Huele a afectos. • Palpa cuerpos y proximidades. • Adquiere el color nebuloso de lo que se oculta detrás de un vidrio oscuro. • Tiene la textura escurridiza que tiene la legitimidad de lo marginal. 

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