Aunque la violencia contra las mujeres no es un fenómeno nuevo, en los últimos años se ha desarrollado un proceso de denuncia, discusión, visibilización y toma de conciencia sobre este problema, pasando de considerarlo como cuestión privada a entenderlo como problema social, y en este proceso han tenido mucho que ver el movimiento feminista y los grupos de mujeres.
Para iniciar estas reflexiones es importante recordar que la
consideración de la violencia contra las mujeres (y particularmente de aquella
ocurrida en el marco de la pareja) como fenómeno privado ha propiciado que
fuera entendida como un derecho del varón, como algo normal e incluso legítimo,
para pasar, posteriormente, a ser vista como algo inadecuado o inconveniente
pero que formaba parte de la vida íntima y en lo que, por tanto, no había que
intervenir. Todo ello ha contribuido a que las víctimas no denuncien tanto por
miedo como por vergüenza y desconfianza hacia las posibles ayudas a recibir, y
a que éste haya continuado siendo, en gran medida, un grave problema “oculto”,
donde las cifras oficiales posiblemente sólo son la punta del iceberg.
Por otra parte, para comprender en toda su dimensión lo que
implica la transición hacia la consideración de la violencia contra las mujeres
como problema social se hace necesaria una revisión más en profundidad del
fenómeno a tratar.
Como ya señaló Miguel Clemente (1997), una de las definiciones
más completas y rigurosas de problema social es la que ofrecen Thomas Sullivan
y cols. (1980) según la cual
“existe
un problema social cuando un grupo de influencia es consciente de una condición
social que afecta sus valores, y que puede ser remediada mediante una acción
colectiva.
Estos mismos autores especifican los elementos que incorporan a
su definición del modo siguiente: a) Para que una condición sea definida como
problema social debe ser considerada como injusta por un grupo con influencia
social, es decir, debe tener un impacto significativo dentro del debate público
o en la política social dentro de un colectivo mayoritario. Así pues, para
poder hablar de problema social debería generarse un amplio consenso entre los
miembros de una sociedad sobre la determinación de cuáles son los problemas
sociales y en este proceso los medios de comunicación juegan un papel
determinante. Por otra parte, se debe poder identificar a los grupos sociales
que definen la existencia de un problema social, ya que ellos son los más
interesados en su solución, y también cuáles son los auténticos fines que
persigue el grupo que denuncia y que, en ocasiones, pueden estar más o menos
encubiertos. b) Sólo se considera la existencia de un problema social si existe
conciencia de que la condición indeseable que se denuncia es efectivamente un
problema. c) Esa condición debe afectar negativamente los valores. Los valores
sociales son imprescindibles para determinar la razón por la cual se define un
problema como social.
Como nos recuerda Clemente (1997), los valores hacen referencia
a las preferencias personales y a las prioridades de grupos sociales y estas
prioridades son frecuentemente distintas para cada grupo social por lo que, a
menudo, se plantea un conflicto de valores. La solución de este conflicto
dependerá de la adecuada priorización de estos valores. d) Para considerar el
problema como social debe darse la posibilidad de que sea remediado por la
acción colectiva y, en este sentido, cabe decir que los problemas sociales son,
por definición, cuestiones públicas y no personales o privadas.
Vemos, por tanto, que el reconocimiento de una situación o
circunstancia como problema social está ligado a su reconocimiento por parte de
una comunidad o de personas de influencia y prestigio. Esto supone que la
manera en que algo queda definido como problema social está estrechamente
ligada a la intervención del poder, la representación y también la
manipulación.
Tras revisar estos aspectos que nos permiten entender qué es un
problema social, cabe analizar cuáles son las fases en su desarrollo que, de
acuerdo con la formulación de Kitsuse y Spector (1973), serían las siguientes:
En la primera fase, o fase de agitación, se detecta la presencia
de un grupo de personas descontentas cuya actividad se dirige fundamentalmente
hacia dos fines que son convencer a otros grupos sociales, y comenzar a
preparar acciones encaminadas a tratar las causas del problema planteado. Las
personas que inician estas acciones suelen ser las víctimas aunque no
necesariamente es así. En esta fase suelen dedicarse una parte importante de
los esfuerzos a reconvertir los problemas privados en públicos y es común que
se cometan una serie de errores que hacen que no siempre se tenga mucho éxito
(como, por ejemplo, la vaguedad de las reclamaciones del grupo, la escasa
significación pública del grupo y por tanto su escaso alcance social, o la
adopción de estrategias equivocadas o no efectivas).
En la tercera, o fase de burocratización y reacción, el
problema, que ha pasado a estar en manos de una agencia gubernamental, se
minimiza en parte, pasando de ser importante a ser uno más entre otros.
Finalmente, la fase descrita como de reemergencia del movimiento se refiere a
que, llegados a este punto, lo más probable es que las políticas oficiales
hayan generado un fuerte descontento y desilusión. Si es así suele darse una de
las siguientes alternativas: a) Que el grupo de presión inicial rechace la
forma de actuación de las instituciones oficiales; b) Que quienes promovieron
el movimiento sean sustituidos por las personas afectadas, al no considerar
éstas atendidas sus peticiones; c) Que las soluciones y acciones planteadas
desde los organismos oficiales entren en contradicción con los valores o intereses
de otros grupos sociales creándose nuevos conflictos; d) Que, o bien se
desarrollen grupos más reducidos, que buscarán soluciones reales para las
personas afectadas, o bien se creen pequeños grupos que afronten la búsqueda de
soluciones parciales al problema inicial.
Tras estas consideraciones iniciales puede decirse que, si para
que una condición sea definida como problema social debe ser considerada
injusta por un grupo que tenga una cierta influencia social, para entender el
paso de la violencia contra las mujeres de cuestión privada a problema social
es imprescindible analizar el papel desempeñado por el movimiento feminista en
este tránsito.
La sexualidad de las mujeres, es decir, sus
capacidades y servicios sexuales y reproductivos, se convirtió en una mercancía
antes incluso de la creación de la civilización occidental. El desarrollo de la
agricultura durante el periodo neolítico impulsó el «intercambio de mujeres»
entre tribus, no sólo como una manera de evitar guerras incesantes mediante la
consolidación de alianzas matrimoniales, sino también porque las sociedades con
más mujeres podían reproducir más niños. A diferencia de las necesidades
económicas en las sociedades cazadoras y recolectoras, los agricultores podían
emplear mano de obra infantil para incrementar la producción y estimular
excedentes. El colectivo masculino tenía unos derechos sobre las mujeres que el
colectivo femenino no tenía sobre los hombres. Las mismas mujeres se
convirtieron en un recurso que los hombres adquirían igual que se
adueñaban de las tierras. Las mujeres eran intercambiadas o compradas en
matrimonio en provecho de su familia; más tarde se las conquistaría o compraría
como esclavas, con lo que las prestaciones sexuales entrarían a formar parte de
su trabajo y sus hijos serían propiedad de sus amos. En cualquier sociedad
conocida los primeros esclavos fueron las mujeres de grupos conquistados,
mientras que a los varones se les mataba. Sólo después que los hombres hubieran
aprendido a esclavizar a las mujeres de grupos catalogados como extraños
supieron cómo reducir a la esclavitud a los hombres de esos grupos y,
posteriormente, a los subordinados de su propia sociedad.
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