
La palabra patriarcado ha ido re-definiéndose
con el paso de los años, especialmente en las dos últimas décadas.
Originalmente, se utilizaba para expresar el poder de los padres como cabezas
de familia. Hacia 1960, los movimientos feministas comenzaron a utilizar
esta palabra para definir la organización sistemática de la supremacía
masculina y la subordinación femenina. El patriarcado se define como un sistema
de autoridad masculina que oprime a las mujeres a través de instituciones
sociales, políticas y económicas.
O, según Wikipedia: “una situación de
distribución desigual del poder entre hombres y mujeres en la cual los varones
tendrían preeminencia en uno o varios aspectos, tales como la determinación de
las líneas de descendencia, los derechos de primogenitura, la
autonomía personal en las relaciones sociales, la participación en el espacio
público ―político o religioso― o la atribución de estatus a las distintas
ocupaciones de hombres y mujeres determinadas por la división sexual del
trabajo”.
Este patriarcado se ve sujeto a la imagen de masculinidad y
feminidad de la que disponemos. Yo quiero centrarme en la masculinidad, que es
la que se considera opresora y la que, según mi hipótesis, también conlleva
ciertos aspectos negativos para los hombres.
Desde mediados del Siglo XX, las mujeres se han
incorporado al mercado laboral de manera masiva. Este hecho, ha traído
consecuencias, no solo al rol social de las mujeres en la actualidad, sino
también en como se caracteriza esta masiva inclusión, que razones la motivaron
y cual es la influencia que ocasionó al interior de la familia contemporánea en
nuestro país.
Ahora bien, las características de esta
inclusión de las mujeres han sido muchas y muy variadas, caracterizadas por las
múltiples variables que atraviesan la situación de cada una de ellas (clase,
etnia, estado civil, etc.)
Por otro lado, las transformaciones que originó
este proceso influyeron inevitablemente en el entorno inmediato de estas
mujeres, es decir, sus familias y las relaciones que de ellas se derivan.
La intención de este trabajo es indagar acerca de las características que conllevan la inclusión al mercado laboral por parte de las mujeres y las modificaciones que esta inclusión permite en la familia tradicional patriarcal.
En los cimientos histórico-culturales del patriarcado, lo femenino ocupa un lugar subordinado en términos políticos, económicos, sociales, sexuales y simbólicos. Sin embargo, por las mismas razones de su construcción, existen posibilidades de modificarse, transformarse, cuestionarse, a través de las acciones de los/as diferentes actores y de los cambios macro sociales.
La intención de este trabajo es indagar acerca de las características que conllevan la inclusión al mercado laboral por parte de las mujeres y las modificaciones que esta inclusión permite en la familia tradicional patriarcal.
En los cimientos histórico-culturales del patriarcado, lo femenino ocupa un lugar subordinado en términos políticos, económicos, sociales, sexuales y simbólicos. Sin embargo, por las mismas razones de su construcción, existen posibilidades de modificarse, transformarse, cuestionarse, a través de las acciones de los/as diferentes actores y de los cambios macro sociales.
División
sexual del trabajo Históricamente existen dos esferas sociales diferenciadas: el mundo del trabajo (producción) y el mundo de la casa y la familia (reproducción).
Estos espacios marcan diferencias, distribuyendo tiempos, lugares, cotidianeidad y personas. Entre los/as miembros de la familia, las mujeres son responsables del mundo privado y los hombres del mundo público y responsables, a su vez, de la manutención económica de la familia (división sexual del trabajo).
Explica Ana Fernández, “Con la revolución burguesa y el paso a la modernidad se enfatizan la distribución de los espacios y de los diferentes capitales (social, económico, simbólico). Lo privado moderno se constituye, precisamente como esa esfera no pública y como reducto de una comunidad sostenida cotidianamente por las mujeres. Lo privado se distingue por la adopción de una propia racionalidad. El mundo privado es el de la interioridad por oposición a la exterioridad de la vida pública”.
En el espacio destinado a las mujeres, las mismas pasan a ser esposas-madres, responsables del cuidado y la educación de sus hijos/as y del núcleo familiar en su conjunto.
Asimismo, se oculta la producción social del mundo doméstico “invisibilizando” el trabajo no remunerado que contiene y que se realiza en su interior.
Esta división, sostenida por un entretejido social que incorpora los distintos ámbitos en los que transcurren las personas, se sustenta ideológicamente, en gran medida, a través de la “naturalización”
de los procesos históricos, de la distribución de los roles y de las expectativas que existen acerca de ellos.
Esta división tajante de espacios que se referencían en el modelo de familia tradicional patriarcal, donde el padre de familia concentraba el poder por sobre el resto de los/as miembros, sufre y ha sufrido modificaciones.
Se puede afirmar que algunas de ellas son promovidas por la inserción de las mujeres al ámbito laboral.
En el
patriarcado no todas las relaciones son familiares, por tanto no se puede
entenderlo literalmente sino a riesgo de dejar fuera las demás instituciones
sociales que realmente comprende.
La forma de entenderlo como poder de los
padres, llega hasta la modernidad, donde el ascenso de una nueva clase, la
burguesía, necesita dar otro fundamento al ejercicio del poder para adaptarlo a
los cambios producidos. Este nuevo fundamento es el pacto o acuerdo social,
mediante el cual se organiza el patriarcado moderno.
Algunas autoras consideran que en la
constitución del patriarcado moderno, los varones también pactan su poder como
hermanos. Los ideales de igualdad, libertad y fraternidad remiten a este pacto
entre fraters.
Celia Amorós, citada por Rosa Cobo (1995),
apunta a la constitución de la fratria como un grupo juramentado, aquel
constituido bajo la presión de una amenaza exterior de disolución, donde el
propio grupo se percibe como condición del mantenimiento de la identidad,
intereses y objetivos de sus miembros.
Con la formación de los Estados modernos, el
poder de vida y muerte sobre los demás miembros de su familia pasa de manos del
pater familias al Estado, que garantiza principalmente a través de la ley y la
economía, la sujeción de las mujeres al padre, al marido y a los varones en
general, impidiendo su constitución como sujetos políticos.
Las teorizaciones sobre el patriarcado fueron
esenciales para el desarrollo de las distintas corrientes del feminismo, en sus
versiones radical, marxista y materialista, entre otras.
Desde los primeros trabajos de Kate Millet
(1969), para el feminismo radical la sexualidad de las mujeres se considera
prioritaria en la constitución del patriarcado. La autora con el término, se
refiere a las relaciones sexuales como relaciones políticas, a través de las
cuales los varones dominan a las mujeres. Shulamit Firestone (1976) postula
como base de la opresión social de las mujeres, su capacidad reproductiva.
Anna Jonásdottir plantea el problema básico
de este sistema como: “una cuestión de lucha de poder socio–sexual específica,
una lucha sobre las condiciones políticas del amor sexual”. Sigue a Millet y a
Firestone al centrarse en la sexualidad y el amor al “cuestionar la forma
presente de heterosexualidad dominada por el hombre y las articulaciones del
poder sexista en la sociedad moderna en general” (Jonásdottir 1993),
Otras corrientes consideran que las
relaciones de reproducción generan un sistema de clases sexual, que se basa en
la apropiación y el control de la capacidad reproductiva de las mujeres, y que
existe paralelamente al sistema de clases económico basado en las relaciones de
producción.
El 25 de
noviembre se celebra el Día mundial por la erradicación
de la violencia contra la mujer. Son muchas, desgraciadamente, las
asignaturas pendientes para que la mitad del género humano deje de estar en
situación de vulnerabilidad frente a la otra mitad. Muchas de esas cuestiones
por abordar se dan en el ámbito del trabajo, donde las mujeres, además de
seguir ganando menos y teniendo menos posibilidades de promoción -lo que para
muchos significa una violencia estructural-, siguen sufriendo comentarios y
actitudes sexistas por parte de sus compañeros varones. El acoso laboral por
razón de sexo y el acoso sexual estarían en lo más alto de una escala que
admite muchos grados intermedios de violencia.
“Las empresas
son un reflejo de la sociedad patriarcal. Menosprecian a las mujeres y eso se
ve reflejado en la discriminación que sufren, tanto en salario
como en acceso o la promoción. Este desprecio hacia las
mujeres es una conducta machista que tiene consecuencias graves en la vida de
las mujeres”, explica la socióloga, activista y consultora de género Ángeles
Briñón.
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