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Influencia en la sociedad.

MUNDO LABORAL: INCURRIENDO EN EL MUNDO PÚBLICO 

Como en otros países, la composición por género de la fuerza laboral en la Argentina ha sufrido profundos cambios. Desde 1980-89, la proporción femenina de la población económicamente activa (PEA) se incrementó del 33 al 36%. Según la Encuesta Permanente de Hogares de 1996, “la proporción de mujeres en la fuerza laboral a nivel nacional fue aún mayor, el 39 por ciento”. 
Asimismo “el mayor porcentaje de mujeres que se incorporan a la fuerza de trabajo se concentra entre los 20 y 34 años” , es decir, la franja etarea que mayoritariamente decide consolidar una pareja y/o procrear, teniendo que compatibilizar trabajo doméstico y trabajo remunerado. 
Sin embargo, ciertos fenómenos determinaron esta tendencia como es el aumento del nivel educativo (con posibilidades de acceder a niveles más altos en la educación formal) de la población femenina como así también, la reducción en el número de hijos/as y “la postergación del matrimonio (en 1960 44,2 % de las parejas casadas tenían hijos/as, en 1995 el 25,5%. )” 

Pero son diferentes las posiciones desde donde se explican cuales son las características del empleo femenino destacando, cómo y dónde se incorpora, la posibilidad de pagar menos por un trabajo similar, su capacidad de relacionarse, el mercado de empleo informal y su flexibilidad como trabajadoras. 
Este último elemento, lo recoge Castells como uno de los factores más importantes en la expansión del empleo femenino, ya que “ la flexibilidad laboral de las mujeres en horario, tiempo y entrada y salida del mercado laboral encaja con las necesidades de la nueva economía. Esta coincidencia también esta relacionada con el género”. Nuevamente las mujeres necesitan compatibilizar permanentemente trabajo y familia. 
Lo mencionado, también lo capta Elizabeth Jelin cuando expresa que “ las mujeres con responsabilidades domésticas buscan con mayor frecuencia empleos de tiempo parcial; se emplean más a menudo bajo condiciones de horarios de trabajo flexibles y en empleos y ocupaciones donde ellas mismas pueden regular el ritmo y la cantidad de trabajo…” 
Otro de los factores que nombra el autor es el de pagar menos por igual salario. En el caso local, en promedio, las mujeres ganan un 71% por ciento de lo obtenido por los hombres. Siguiendo el patrón de otros países como los Estados Unidos , en la Argentina la mayor diferencia por género se observa en “los/as profesionales calificados/as, entre las cuales las mujeres ganan un 65% por ciento de lo obtenido por los hombres”. 
Finalmente, otro de los factores que nombra Castells es la capacidad de relacionarse. La socialización de las mujeres permite el despliegue de maneras diferenciales de vincularse, basadas en la división sexual del trabajo tradicional. Asimismo mayoritariamente acceden o se forman para trabajos remunerados que extienden sus tareas socialmente aceptadas y “típicamente femenina” (sector de los servicios), tendientes a combinar responsabilidades cotidianas y laborales, como por ejemplo el servicio doméstico. Es mayor “la concentración de mujeres en actividades de servicios (la mitad de la fuerza de trabajo femenina del GBA, y la importancia de actividades como el servicio doméstico (cercano al 20% de las ocupadas)” , en la década de 1980 a 1990. 

Es importante destacar que la oferta de servicio doméstico disminuye a medida que desciende la cantidad de horas de trabajo fuera de la casa de la esposa, lo que significa que las mujeres probablemente estén conciliando roles múltiples mientras también participan en la fuerza laboral. 
Muchas mujeres han salido en búsqueda de trabajo remunerado como consecuencia de una necesidad de reemplazar los aportes, muchas veces deteriorados, del presupuesto familiar que anteriormente proveía su cónyuge, sin que su objetivo estuviese centrado en las expectativas de su propia realización personal. 
Wainerman caracteriza la situación de estas mujeres (feminización de la pobreza), “estos cambios, en el contexto del empobrecimiento combinado con el achicamiento del estado y de los servicios sociales, hicieron que las mujeres fueran quienes pagaran el costo del ajuste. La mayor participación de las mujeres fue en parte, entonces, una respuesta de ajuste ante la crisis del mercado laboral”. 
Asimismo, estas mujeres deben abordar la “triple jornada laboral” con el objetivo de garantizar la supervivencia de su núcleo familiar, 
debido a la importante cantidad de tiempo y trabajo que le significa resolver la ausencia o ineficiencia de servicios públicos, a través de trabajo voluntario. Este trabajo, es el 92 por ciento de recursos humanos con los que cuentan 2912 organizaciones comunitarias de nuestro país. A su vez, “el 73 por ciento de este voluntariado son mujeres, frente a un 27 por ciento de hombres”. 

De todas maneras, las ganancias económicas obtenidas por las mujeres se tornan de gran importancia (en muchos casos) imprescindibles para el presupuesto familiar, cuestionando implícitamente al “proveedor natural del hogar” y a las relaciones asimétricas de poder facilitando actitudes y acciones que eleven su condición de ciudadana. La salida al trabajo remunerado, el contacto con otras trabajadoras y con diferentes instituciones puede facilitar un rol más activo y protagonista. 

En suma, si bien la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo manifiesta determinadas características no siempre favorables, puede ejercer efectos de embrionaria autoafirmación y/o autonomía. Cambios que se traducirán, de una u otra manera en la dinámica familiar y en las relaciones que de allí se desprenden. 


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